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El presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt creía que en realidad existía una red de túneles subterráneos que daban a alguna parte insospechada. Y cuando los arqueólogos David y Patricia Lamb pidieron verlo en marzo de 1943, para contarle personalmente al mandatario acerca del notable descubrimiento de una entrada a una ciudad subterránea en el estado mexicano de Chiapas, Roosevelt los recibió en la casa Blanca. Los Lamb admitieron haber estado trabajando durante mucho tiempo en la zona, en una empresa que podía ser calificada de locura: andaban tras la búsqueda a través de la selva de una entrada hasta una espléndida ciudad maya que se dice existe en la región chiapaneca. Le contaron que estando en la densa jungla, repentinamente se vieron rodeados por un grupo de indígenas que allí han vivido por muchas generaciones, y que se decían “guardianes de un gran templo que sirve de entrada a la ciudad donde habitan los antiguos, a quienes ellos veneraban”. Los Lamb aseguraron que se trataba de un grupo de lacandones, de quienes se decía que eran sobrevivientes de una civilización que fue tragada por la selva.
El matrimonio de arqueólogos tenía informes a través de las notas de Charles-Etienne Brasseur, quien había sido administrador eclesiástico de Chiapas en la década de 1850, y que intentó, sin éxito, descifrar la escritura maya: “De vez en cuando un grupo de nativos de pequeña estatura y piel blanca aparecían en las ciudades y pueblo fronterizos de Chiapas y Guatemala Occidental, que venían a hacer trueques de mercancías y se iban rápidamente a su gran templo de piedra, en donde decían vivir. Y quienes intentaron seguirlos, desaparecieron o aparecieron muertos”. Luego, los Lamb refirieron al presidente Roosevelt que lograron averiguar que en uno de los túneles que son custodiados por los lacandones, están almacenadas unas hojas de oro sobre las que se escribió en jeroglíficos una historia del pueblo que forma el reino subterráneo. Decían los Lamb que un gran diluvio habría obligado a los antiguos a vivir “en el cuerpo interno de la tierra.”
Dicen que Roosevelt se fascinó con la historia y pidió al matrimonio que llevaran ante él a dos de estos “hombres pequeños y de piel clara, casi rosada”, pero los Lamb se excusaron pues “esta raza de indios blancos se comporta con gran ferocidad con cualquiera que se acerca a ellos, y la única forma de llevarlos es enjaulados”. Y el mandatario desistió “por humanidad”.
El periodista Harold Wilkins no los identifica con los lacandones, y habla de que son una raza extraviada de mayas o aztecas que de vez en cuando aparecen en los poblados aledaños a las selvas de Chiapas: “Sólo entran en contacto con indios, truecan algunos productos y desaparecen tan rápidamente como llegaron. Los funcionarios mexicanos y guatemaltecos nunca comentan de ellos. La gente tradicionalmente los ubica como custodios de la entrada de una ciudad subterránea, donde vive una antigua raza civilizada que gobernó México antes de las aguas. Ningún hombre extranjero conoce la parte de la selva que habitan, donde esta tribu se desenvuelve como lo hicieron sus padres, mantienen las mismas edificaciones majestuosas de piedra, palacios y templos, grandes patios y torres elevadas con altas terrazas de escalera que marca el sitio. Esta tribu aún esculpe en piedra los misteriosos jeroglíficos que ningún erudito moderno ha podido descifrar en las ruinas del viejo Yucatán”.
El mismo Wilkins apunta otro dato y narra que un ingeniero inglés que vivió muchos años en México, solía contar que en el estado de Jalisco, en alguna zona de la gran cadena de la sierra Madre, a unos 121 kilómetros al este de Cabo Corrientes, hay unas ruinas prehistóricas que sólo conocen las gentes del lugar. “Esta región nunca es visitada, pero se dice que durante la revolución, una banda escapó huyendo a las cuevas de la montaña pero pasaron muchos días y nunca se volvió a saber de ellos.”
En Jalisco afirman que esas antiguas ruinas fueron en otro tiempo el hogar de un pueblo que era muy civilizado y que durante un gran diluvio tuvieron que huir por las cavernas abiertas aún desde antes en las laderas de la Sierra Madre. Suelen decir que a ciertas horas del crepúsculo de la tarde o del amanecer, desde ellas escapa el sonido de un extraño y vibrante tamborileo, que se escucha desde lejos, y afirman que es música que emana de los espíritus de quienes viven en el reino subterráneo. Cuando visité los Altos de Jalisco para ver al poeta Elías Nandino, algunos de sus discípulos me llevaron a ver a don Pedro tapia, buena gente del lugar. Dice don Pedro Castro, famoso por sus limpias con hierbas que crecen de la piedra, que la música que se oye sale de las “cámaras de un gran sitio habitado bajo la tierra de Jalisco, en donde es venerado el gobernante del universo. Nosotros siempre hemos sabido respetar a la Sierra Madre porque encierra un camino por el cual se puede llegar al gran reino subterráneo de que hablan las crónicas, y quiero que sepa que en esa ciudad todo es mejor porque son gentes antiguas quienes allí viven, más antiguos que nosotros, por lo que son más sabios. Sabemos que si nuestro ánimo, las fuerzas de uno están dispuestas, se puede llegar ahí, y te darán la bienvenida, porque son gentes buenas, no diferentes a nosotros, sólo que mejores; y te permitirán vivir con ellos si lo deseas y eres digno. Hay quienes dicen que ese pueblo, un día, regresará a la superficie, a poner orden.
-Mi hermana Juanita -afirma don Pedro Castro-, cuando joven, bajaba hierbas al mercado, porque nosotros sabemos todo de hierbas; ella me contó, y aún lo recuerda, que una vez habían llegado al mercado unos hombres jóvenes vestidos extrañamente; se dijeron soldados y contaban que por una de las grutas habían escapado de los revolucionarios, y que en el interior de la caverna los había recibido gente igual a nosotros, que tenían una ciudad bajo la tierra, una ciudad con cielo y estrellas. Dice la Juanita que estaban como locos y no podían creer que había pasado tanto tiempo, porque la revolución fue en 1910 y esto sucedió a finales de los 30, o comienzos de 1940. El padre Juan, que murió hace poco, debe haber dejado algo escrito en los libros de la iglesia, porque fue un hecho público; el padre Juan hizo repetir todo a la Juanita en confesión, y a las otras que vieron lo sucedido. Dice mi hermana que el padre anduvo busca y busca, pero los hombres habían tomado rumbo para Guadalajara y ya no se supo de ellos.”
William Hickling Prescott, en su "Historia y Conquista de México", cita haber experimentado “extraños ruidos que conmueven y que venían de la Tierra”, al preguntar su origen, asegura que le respondieron: “Es la voz de los antiguos que se escapa por la vieja red de túneles”.
En su libro "Incidentes de viaje por Centroamérica, Chiapas y Yucatán", el escritor estadounidense John Lloyd Stephens narra que mientras recogía información en Santa Cruz del Quiché, al occidente de Guatemala, un viejo sacerdote español le dijo que “a cuatro días por la carretera que lleva a México, adentrándose al otro lado de la gran sierra, hay una ciudad viva, grande y populosa, escondida bajo tierra. Según el relato tradicional de los indios de Chajul, ningún hombre blanco ha llegado jamás a ella; los habitantes hablan en lenguaje maya, saben que una raza extranjera ha conquistado todo y matan a cualquiera que intente entrar en su territorio. No tienen moneda ni otro medio de cálculo, carecen de caballos, ganado, mulas u otros animales domésticos; sólo aves de corral, que guardaban bajo tierra.
-Pero, ¿cómo es posible? -le dijo Stephens al sacerdote-. Difícilmente podrían ser capaces de sobrevivir sin la luz del sol.
-Según lo que me dijo un guía indígena, ellos poseen una gran luz que brilla en su mundo subterráneo, cuyo secreto parece ser les fue confiado hace mucho tiempo por los que viven desde antes bajo la tierra -terminó el sacerdote."
En otro pasaje de su libro cita (en santa Cruz del Quiché) “y debajo de uno de los edificios había una abertura a la que los indios llamaban gruta, y por la que decían se podía llegar a México en una hora.”
Hacia la América del Sur hay muchas leyendas que narran viejas tradiciones sobre pasadizos subterráneos que desembocan en una ciudad mítica. El investigador Raimundo Nernard cita lo que llama “una serie de rumores que circulan por Brasil, donde creen que bajo el país hay un reino iluminado por una luminosidad extraña, donde los hombres, mujeres y niños se alimentan exclusivamente de diferentes frutas, y no conocen el crimen. Las mujeres producen hijos sin necesidad de la fertilización masculina.”
-“Un hombre -sigue Bernard- dijo que había entrado en una ciudad subterránea que se haya a cierta distancia de Panagua, en el sur de Brasil. Estaba iluminada y tenía mucha fruta, enormes racimos de uva, manzanas y otras que no se conocen en la superficie. Dijo que lo llevaron en un vehículo subterráneo que funcionaba con un extraño poder motor, que bajó como llevado por un sonido de espirales, hasta llegar a la ciudad interior, en que contempló otro cielo bajo la tierra, con su propio sol que daba la vida semejante a la nuestra, y donde vivían personas iguales a nosotros, pero más altos. Quienes posteriormente lo llevaron por un túnel hasta otra ciudad subterránea que se encontraba a cientos de kilómetros, que tenía por delante bajo Iguazú, en la frontera con Paraguay.
Otro ex-presidente de Norteamérica de apellido Roosevelt (Theodore), que gobernó ese país entre 1901 y 1909, y ganó el Premio Nobel de la Paz en 1906, también estaba convencido de que existía un reino subterráneo en América del Sur, precisamente en Brasil. Lo cierto es que la búsqueda de una ciudad perdida en el Amazonas se remonta a las grandes hazañas de dos exploradores españoles: Francisco de Orellana en 1541 y Lope de Aguirre en 1560. La expedición de Orellana es un “clásico” en la historia de las exploraciones. Comandada por Gonzalo Pizarro, partió de Guayaquil, cruzó la cordillera de los Andes, descendió por el río Napo hasta conectar con el Amazonas. Aquí se separó del grupo principal y con un puñado de hombres a bordo de unas embarcaciones que ellos mismos fabricaron, navegó río abajo para desembocar finalmente en el Atlántico, después de diecinueve meses de expedición.
La exploración del Amazonas interesó fundamentalmente desde entonces por la búsqueda de la mítica El Dorado. Tras este objetivo se internó Lope de Aguirre en 1560. La hazaña magnífica de este explorador la llevó al cine Werner Herzog en su cinta “Aguirre o la ira de Dios”. Hubo varias otras exploraciones que quedaron olvidadas, y lo que en 1900 se conocía de la región era mínimo. Luego comenzaron a sobresalir una serie de héroes que se atrevieron, como Cándido Rondón, ingeniero militar brasileño que en tres ocasiones penetró el Matto Grosso en condiciones de extrema dificultad; los indios de la región eran considerados altamente peligrosos, es cierto que el sistema fluvial del Amazonas había permitido el conocimiento de parte del área, pero nadie se había internado más allá de unos metros de las riberas, y Rondón debió enfrentar un sinnúmero de peligros. Precisamente, en 1913, Rondón hizo equipo con el ex presidente Roosevelt, organizando un viaje que hizo época: en sólo seis semanas de exploración, la expedición Rondón-Roosevelt logró añadir al mapa más de 1.200 kilómetros, hasta entonces desconocidos, del más grande afluente del río Madeira: el río Duda (conocido hoy como el río Teodoro Roosevelt).
Sin embargo, la más conocida y excepcional expedición del siglo XX al Amazonas en búsqueda de una entrada al Reino Interior, es la del topógrafo inglés Percy Fawcett -que pasó a la historia de las búsquedas de un mundo subterráneo como el coronel Fawcett-, quien en su última aventura se internó en la selva sin que hasta el día de hoy se conozca su paradero. El coronel Fawcett creía que una entrada al reino interior se encontraba ubicada cerca de la Sierra del Roncador en pleno Matto Grosso, cuya búsqueda inflamó toda su vida. En 1906, inició una serie de exploraciones cuando le fue asignada la tarea de demarcar la frontera entre Bolivia y Brasil. Los detalles geográficos de esa frontera eran entonces poco conocidos y fue en conexión con esta labor que el coronel Fawcett desarrolló sus viajes. El primero de sus trabajos lo llevó a las aguas desconocidas del río Abuná, tributario del Madeira y que tiene la reputación de ser el más contaminado del Amazonas. Dos años más tarde, en 1908, exploró el río Verde. Lo acompañaban los indios, un sirviente argentino, un herrero paraguayo y un panadero español; “una compleja multitud”, según él mismo lo denominó. Fueron ellos los únicos peones que pudo encontrar dispuestos a internarse en la zona. El objetivo era ascender el río Verde hasta su origen. Esperaban poder navegar todo el trayecto, pero ya el segundo día debieron dejar sus botes debido a los rápidos. Al día siguiente los peones estaban agotados con el arduo trabajo de acarrear las cargas. Las reservas de comida fueron abandonadas y se lanzaron a través de la selva llevando sólo hamacas, rifles y algo de equipo en sus espaldas. Las siguientes tres semanas fueron una pesadilla: no encontraron pesca y tampoco caza: “Para comida dependíamos casi íntegramente de pequeños cocos de palmera, fuimos casi devorados vivos por insectos, empapados por violentas tormentas y rasguñados y heridos a medida que gateábamos -apenas dos kilómetros diarios- a través de la densa selva de cañas.”
Aún así, llegaron muy cerca del origen del río Verde. Para el regreso, Fawcett decidió abandonar la ribera y cortar a campo traviesa hacia la ciudad de Matto Grosso. Había menos selva, pero las dificultades no disminuyeron. Las palmas eran escasas y debieron conformarse con comer “chuntas” (unas nueces duras e insípidas). Todo el equipo quedó sordo debido a un fenómeno que nadie pudo explicar. Un portador fue gravemente mordido por una tucandera, araña negra muy venenosa. Los peones se desesperaron, y Fawcett debió golpearlos para que continuaran; escribió: “Unos pocos días más tarde tres monos negros entraron al campamento. En diez minutos los peones se los habían devorado con piel y todo. También encontraron miel, la que al tomarla ocasionó fuertes convulsiones estomacales a unos y emborrachó a otros”. Pero lograron llegar a Matto Grosso, y aunque al poco tiempo los cinco peones murieron, el curso del río Verde había sido determinado. En 1910 Fawcett realizó exploraciones en la región que recorre la línea fronteriza entre Perú y Bolivia. La zona estaba poblada por la tribu Guarayos, indios salvajes especialmente hostiles. Se había acordado que un río -el Heath- fuese parte de la frontera, pero tal río no había sido nunca explorado más allá de su encuentro con el Madre de Dios. Después de meses de escaramuzas para salir ilesos de los encuentros con los naturales, finalmente Fawcett comprobó su capacidad al localizar la fuente del río Heath.

Un curioso testimonio referido por Fawcett es su relato sobre los funerales de un guerrero maxubi, en la expedición que hizo en 1914, cuando partiendo desde San Ignacio, en Bolivia penetró en territorio brasileño incursionando por el Guaporé (nombre antiguo de Rondonia), y pudo presenciar los funerales de un maxubi abatido por sus enemigos, los vecinos maricoxis, en la parte occidental de la Sierra de los Parecis. Aparentemente es un caso trivial de animismo, pero es válido como ejemplo de la impresión que el británico manifiesta ante hechos que en la selva son normales. Escribe: “Habían extraído las entrañas del muerto, que fueron colocadas en una urna para ser enterradas. El cuerpo fue entonces descuartizado y repartido para el consumo de las veinticuatro familias de la oca” (gran casa o choza indígena techada con paja) donde él había vivido; ceremonia religiosa que no se debe confundir con el canibalismo, según el mismo Fawcett narra: “Para terminar, desembarazóse la casa del espíritu del difundo por medio de una ceremonia complicada. El jefe, su segundo y el payé, jefe espiritual de los indígenas, sacerdote y hechicero, médico, se sentaron en taburetes, uno junto al otro, frente a la puerta de la casa y comenzaron a hacer gestos como si apartaron alguna cosa que iban expulsando de cada uno de los brazos y piernas; luego tomaban ese objeto imaginario cuando salta de los dedos y tobillos, mientras se balanceaban sobre una tela hecha con hojas de palmera, de cerca de un metro cuadrado. Debajo de la tela se hallaba una media tinaja llena de agua, en la cual flotaban ciertas plantas; de vez en cuando, todos examinaban minuciosamente la tela y el agua.”
Después refiere que los tres hombres cayeron en trance y fueron acometidos por fuertes vómitos, que los distorsionaba violentamente, ceremonia que era acompañada por un canto incesante de toda la comunidad. “Los celebrantes repetían incansablemente esta expresión: tawitacni. Las ceremonias duraron tres días, el jefe me garantizó solemnemente que el espíritu del muerto estaba en la casa y que él lo veía. Yo, por el contrario, no veía nada. Al tercer día los ritos alcanzaron su punto culminante. La tela fue llevada al interior de la casa y colocada en un lugar iluminado por la luz de la entrada; las personas se postraron en tierra. Los tres jefes se levantaron de sus taburetes y, muy excitados, se agruparon en la puerta. Yo me arrodillé al lado de ellos para mirar la tela sobre la que tenían los ojos intensamente fijos. En el interior, a uno de los lados de la tela se hallaba un compartimento donde el muerto había dormido y hacia el cual los jefes dirigían sus miradas. Durante un instante reinó un silencio absoluto y, en ese momento, vi una sombra salir del compartimento y dirigirse intermitentemente hacia el poste central que sostenía la vivienda, donde desapareció, ¿hipnotismo colectivo? De acuerdo, vamos a llamarlo así; todo lo que sé es que yo lo vi.”

Testimonios como el anterior impregnaron de cierto misterio la imagen de Fawcett en Europa, lo que se acentuaba por sus descripciones como la de las míseras posadas bolivianas en las que llegó a dormir: “Existen historias terribles respecto a estas posadas, en particular aquellas que se hayan más lejos por el camino de Mapiri, donde el frente avanzado de la selva casi llega a la montaña. Había en una de ellas un cuarto donde a los viajeros se los hallaba muertos, uno tras otro, con sus cuerpos ennegrecidos por un terrible veneno. Sospechando alguna perfidia, las autoridades hicieron una investigación y, después de algún tiempo, descubrieron en el techo de paja de la habitación una enorme araña apazauca, tan grande que un plato no alcanzaría a cubrirla, ese monstruo descendía de noche sobre el hombre dormido y su veneno no perdonaba.”
A pesar de este halo misterioso que embargaba la figura de Fawcett, cuando estalló la primera guerra mundial volvió a Inglaterra y fue nombrado coronel antes de que el conflicto terminara. Las historias que de él, además, se habían inventado, creándole fama de excéntrico pero muy entretenido, le habían abierto las puertas de la sociedad londinense, a la que, es cierto, pertenecía por derecho propio. Fue enormemente popular, y el magnetismo de Sudamérica continuó ejerciendo su poder sobre él. Es más, ahora estaba firmemente convencido, casi hasta la obsesión, de la posibilidad de encontrar una entrada a la civilización escondida en lo más profundo de la tierra amazónica. Y decidió volver, obteniendo apoyo por parte de un grupo periodístico de Estados Unidos y de la Royal Geographical Society de su país. En 1924 dejó Inglaterra acompañado por su hijo Jack y un amigo de éste, Raleigh Rimell, dirigiéndose hacia Cuyaba (Cuiabá), en el borde del Matto Grosso. Desde Cuyaba intentarían ir al norte, con mulas, a través de la cuenca del Matto Grosso, y descender en canoa por un río llamado Paranatinga, hasta llegar aproximadamente al paralelo 10º Sur. Enfilaría hacia el río Xingu, de 2.000 kilómetros de largo que fluye hacia el este, donde está el delta del Amazonas; para desde ahí llegar hasta los Tocantins por vía de su principal tributario, el Araguaia. Su último destino era Barra do río Grande en la ribera del río de San Francisco.
Salieron desde Cubaya el 20 de abril de 1925 y llegaron al puesto de Bakairi, en el estado de Matto Grosso, el 15 de mayo. Rimell sufría de una grave herida en un pie. El 30 de mayo el coronel Fawcett mandó el que sería su último informe desde un campamento llamado Caballero Muerto; estaban muy cerca del origen del río Xingu: “Nuestros dos guías se devuelven. Están cada día más nerviosos ante la posibilidad de morir. De aquí en adelante nos internaremos sólo nosotros tres en la región de los indios.”

Pasó un año y no se recibieron noticias del coronel y su grupo expedicionario, lo que no produjo mayor ansiedad porque había anunciado que podían estar hasta dos años en la selva; pero transcurrió ese tiempo y tampoco llegaron noticias. Empezaron a circular todo tipo de rumores. Un cierto señor Courteville informó en Londres que se había encontrado un hombre viejo en Cubaya que podría ser Fawcett. La historia fue ampliada y se decía que la búsqueda de la ciudad perdida había fracasado y que el explorador se había establecido como granjero. La historia, que era falsa, ayudó a fomentar el misterio. La Royal Geographical Society ofreció financiar a cualquier voluntario que se atreviera a obtener noticias de Fawcett. Eventualmente, en 1928, el comandante Gregory M. Dyott organizó una expedición de búsqueda respaldado por la North American Newspaper Alliance: la Asociación norteamericana de periódicos de la cual uno de sus asociados había respaldado la exploración de Fawcett. El equipo de Dyott logró seguir los pasos del grupo más allá del campamento Caballo Muerto. Incluso encontraron evidencias de sus campamentos en la zona donde habitaban los indios suyas, considerados como caníbales, Dyott declaró estar convencido de la muerte de todos ellos, aunque, declaró “no existen pruebas o indicios concretos”. De allí la huella de Fawcett no pudo ser seguida y hasta el día de hoy no se sabe que ocurrió con él, con su hijo Jack, y con Raleigh Rimell, su amigo. Probablemente fueron asesinados por tribus hostiles, sin embargo, una extendida creencia de que pudieron haber sobrevivido persiste hasta ahora.
Entre quienes aseguran haber descifrado el misterio está el experto de los sertones brasileños Orlando Villas Boas. En 1951, el indio Tzarari, cacique de los kalapalos, hallándose a punto de morir confesó a Villas Boas que veintiséis años antes había abatido a Fawcett y sus acompañantes a golpes de maza, replicando a una bofetada que el explorador inglés le había aplicado. Este, según Tzazari, se había irritado ante la negativa del jefe indígena de suministrar cargadores y piraguas para proseguir su viaje. La negativa se debía a las disensiones existentes entre las tribus de la zona. Así, a partir del testimonio del cacique moribundo, se descubrió un esqueleto cerca de la confluencia de los ríos Culuene y Xingu. Se pensó que sería el del coronel. Pero de los cuerpos de los dos jóvenes que le acompañaban, y que habrían sido arrojados al río en vez de sepultados, no había ningún vestigio. Todo lo que se logró recoger en el lugar fue enviado a Inglaterra. Los huesos fueron examinados en el Instituto Real de Antropología de Londres, por un equipo de expertos. Estos certificaron que los huesos no correspondían al súbito de su majestad Percy Harrison Fawcett. Y jamás se pudo descubrir de quién había sido.
Con el tiempo, la falta de pruebas acerca de la muerte de Fawcett fue reforzando la creencia de que los tres miembros de la expedición habían logrado su objetivo: entrar al reino subterráneo. El otro hijo del coronel, Brian, escribió en 1952 que si su padre hubiera encontrado efectivamente la ciudad oculta, tal como intentaba hacerlo es posible que los habitantes de esa extraña civilización no los dejaran regresar para proteger así el secreto de la ubicación. En 1988, el investigador brasileño Roberto Luciola citó, en un estudio sobre el enigma de la desaparición de Fawcett, una entrevista a la mujer del coronel, Nina, publicada por O Cruzeiro el 1 de diciembre de 1951. Entonces, a los ochenta años de edad, la señora Fawcett declaró al periodista Bernard-Claude Gauthier:
"-Es posible que mucha gente considere excepcional, tal vez increíble, la historia de nuestra vida. Pero lo que voy a decir es la pura verdad. A principios de siglo, mi marido y yo vivíamos en el Extremo Oriente. Dos veces se nos aparecieron misteriosos emisarios profetizando hechos extraordinarios relacionados con el nacimiento y la vida de nuestro primer hijo, Jack, quien cumplió 22 años días antes de que partiera con su padre y su amigo a la región del Roncador. En Oriente, antes, entonces, de que él naciera, se le había predestinado una misión fabulosa en un lugar desconocido...
-Señora -le preguntó Bernard-, ¿cree que su marido ha muerto en las selvas del Matto Grosso?
-¿Qué puedo decirle? ¿Tendría que afirmar, para provocar una sonrisa escéptica, que continuó en contacto telefónico con mi marido y que tengo la seguridad de que tanto él como Jack y Reelige están vivos? ¿Qué creo en las palabras proféticas de los sabios de la India, que ya sabían cuanto ocurriría? ¡No! Diré apenas esto: si mañana o después viera el coronel Fawcett y a nuestro hijo entrar por la puerta del jardín, no me sorprendería en absoluto. Diría simplemente, como siempre: ¡Hola!"
En 1951, cuando Nina dio esta entrevista, Fawcett habría tenido 80 años de edad y su reaparición física todavía era posible. Hoy eso ya no es así. Sin embargo, en 1978, llegó por primera vez a Brasil un sobrino nieto del coronel, el escritor Timothy Paterson. Por lo que él afirma en su libro “El templo de Bies”, escrito luego de varios otros viajes a la zona, Fawcett “vivió en la ciudad subterránea de Bies, junto al Roncador, hasta 1957, cuando a la venerable edad de 90 años se despojó de su envoltura material”, pero no murió en el sentido común de este término, porque de una manera para nosotros desconocida, sigue vivo “en el espacio interior del planeta”. Lo que es posible “al haber pasado a otro estado corporal y de conciencia, pero conservando su identidad. En el mundo intraterrestre que anuncia Bies, el coronel se habría integrado, junto a sus acompañantes, a la peculiar sociedad que allí habita. En ella, contingente principalmente humanos, en un pasado remoto, habían penetrado para salvaguardarse de un soberbio cataclismo exterior, en aquella, la región imperecedera que ningún cataclismo puede destruir; habrían desarrollado una biofísica, una cultura y una tecnología mucho más eficaces y limpias que las nuestras, en armonía con la naturaleza y el cosmos. Durante los treinta y dos años que Fawcett vivió en Bies, podía pasar a otras dimensiones, siempre que lo precisase, adoptando lo que se llama cuerpo de sustancia etérica, algo acerca de lo cual nuestra ciencia está aún en pañales, pero que tiene que ver con la desintegración atómica regulada, vuelta a integrar a voluntad. Lo que todos en Bies practican comúnmente cuando deben entrar en el Santuari-Interior, el corazón mismo de todas las ciudades subterráneas que existen. En 1957, cuando el coronel desapareció definitivamente en otra dimensión, en el mundo interior del planeta continúa trabajando por la evolución de la humanidad toda que habita bajo la superficie de nuestro mundo.” Al decir de Timothy Paterson, Fawcett se convirtió en “el Alma del Roncador.”
En el libro “Expedición Fawcett”, diario del coronel de sus primeras excursiones, él relata cómo llegó a su poder una estatuilla de extraordinaria importancia para sustentar su creencia en la ciudad oculta del Amazonas. Cuenta que la estatuilla de basalto negro ( roca volcánica vitrificada) y cuya altura es de unos 25 centímetros, le fue entregada por el novelista sir H. Rider Haggard (que había escrito “Las minas del rey Salomón” y “Ella”), quien la había traído de Brasil hacia fines del siglo XIX. La conclusión de Fawcett es contundente: “Creo firmemente que procede de una de las ciudades perdidas”. A partir de la publicación de este libro, mucho se discutió sobre la autenticidad y la procedencia de esta estatuilla: representa a un personaje que sostiene entre sus manos una tablilla con signos aparentemente de escritura (letras), y muestra otra tablilla similar, pero alargada, apoyada sobre el empeine de sus pies. Según el investigador Argentino-Israelí Aldo Ottolenghi (entre los que la han visto), la referida estatuilla representa a un sacerdote hebreo, vestido con los ropajes característicos de los levitas. Estos, que constituían una de las doce tribus hebreas, estaban dedicados específicamente al culto y la liturgia. En la Biblia (Exodo, XXVII) se describen el efod o camisola que el sacerdote vestía directamente sobre su cuerpo; el birrete de forma similar al que lleva el personaje de la estatuilla; y la “pollerita” o pantalón con pliegues que aquél vestía sobre el efod para cubrir sus desnudeces, y que estaba confeccionado con lino de distintos colores (aparentemente cada uno de dichos pliegues, cinco en total, correspondía a un color distinto).
Según Aldo Ottolenghi (en su libro “Civilizaciones Americanas Prehispánicas”), que también examinó la estatuilla, la escritura que se aprecia en las dos tablillas de la pequeña reliquia de Fawcett “es de tipo semítico, más específicamente fonética consonántica. Tan asombroso como el hecho de que una antigua representación de un sacerdote hebreo haya aparecido en Brasil alrededor de un siglo atrás, que sorprendentemente incluye un tipo de escritura enteramente desconocida hasta 1935, cuando se descubrieron las escrituras protofenicias, emparentadas con la que muestra la figura; que tendría que haber sido falsificada por un estudioso genialmente diabólico, que hubiera construido todas las letras de una escritura consonántica de su invención, que contiene elementos que volvemos a encontrar en una serie de escrituras arcaicas desconocidas hasta entonces.”
El primer volumen de las Memorias de Fawcett, póstumas, se tituló “El continente del asombro”, compiladas por su hijo Brian, quien explicando el título, declaró: “Era así como mi padre veía a América del Sur, como a un continente asombroso.” Brian afirma que las indicaciones esenciales de la Misteriosa Z, lugar del interior de Brasil donde se hallaría el acceso a la ciudad oculta, las obtuvo, justamente, a partir de esta estatuilla, que había quedado en poder de su madre a la partida del coronel. Afirma que la envió a examinar por expertos del Museo Británico, quienes dictaminaron: “En caso de no ser falsa, está por completo más allá de nuestro conocimiento.”
Para Fawcett la autenticidad estaba más allá de toda duda. Decía: “Nadie pudo explicar por qué esa pieza de basalto transmitía, al tacto, una indudable sensación de shock eléctrico”. El argüía que las antigüedades falsas se fabrican con la intención de venderlas, y que ningún falsificador crearía, con esa finalidad, una obra de arte imposible de ser situada en marco de los conocimientos aceptados. Tenaz, el coronel había hecho examinar la estatuilla por varios sensitivos expertos en el arte de la psicometría. Esta se basa en la teoría de que todo objeto material conserva vibraciones psíquicas capaces de revelar su origen e historia a un sensitivo que pueda “sintonizarlas”. Cada uno de los expertos elegidos para el examen debía sostener la figura entre sus manos, en un ambiente completamente oscuro, y escribir lo que sentía; cada uno de ellos debía proceder, en ocasiones distintas, sin tener conocimiento previo de lo realizado por los demás ni de las expectativas del propio Fawcett. Luego transcribe Fawcett en sus "Memorias" el texto de uno de los psicómetras; en él se describe a la legendaria Atlántida, “que se extendía entre el norte de Africa y América del Sur”, y el cataclismo que la destruyó casi completamente cuando el océano invadió las tierras”. El psicometrista menciona la existencia de muchos templos en la región, y manifiesta ver una escena en especial; en ella el sumo sacerdote atlante entrega la estatuilla que parece ser su propia imagen, a otro sacerdote; éste, durante la hecatombe, huye de la ciudad que se hunde para esconderla en las tierras altas, dirigiéndose para ello en dirección al este. El sensitivo escucha una voz que grita: “¡El juzgamiento de la Atlántida será el destino de todos los que pretenden asumir el poder divino!” Y finaliza su testimonio escribiendo: “No puedo precisar la fecha de la catástrofe, pero ella tuvo lugar mucho antes del surgimiento de Egipto y fue olvidada, excepto, tal vez, en los mitos.” Y agrega una advertencia: “He aquí lo importante sobre esta estatuilla: su posesión es maléfica para quienes no le sean afines, y puedo decir que es peligroso burlarse de ella...”
Excepto por la referencia precisa a la figura de basalto negro, el texto del psicómetra reproduce lo que las tradiciones dicen, en general, sobre la Atlántida, que pareciera subsistir en la memoria inconsciente colectiva hasta el día de hoy. El caso es que no parece haber motivos para dudar de Timothy Paterson cuando dice que su pariente Fawcett era un esoterista avanzado. Aunque en las muchas anotaciones y cartas que dejó el coronel acerca de sus estudios y andanzas, nunca se proclaman un místico, un ocultista o un esoterista. Fawcett siempre evitó proclamarse tal o cuál para no aumentarse dificultades en los círculos académicos, principalmente en la Academia Británica, a la cual recurrió más de una vez en busca de ayuda financiera, que no siempre consiguió. Hoy, si se quisiera calificarlo con más precisión, sería tal vez, primero que nada, como eximio explorador, y luego como hermetista, tomando esta palabra como aplicable a todo aquel que se empeña en indagar sobre los misterios de la realidad y de la vida, más allá de las fronteras del conocimiento codificado por las disciplinas universitarias. Con todo, siempre se reveló como un observador abierto a cualquier información o hecho concerniente a lo que creía, así este generara extrañeza, espanto o maravilla.
Es cierto que la saga de Percy H. Fawcett es espléndida. El coronel se había dedicado en su juventud al estudio de las técnicas de construcción naval, y desarrolló la línea de diseño británico “ictioide” (con forma de pez). Estudió formalmente topografía, lo que le permitiría viajar a Sudamérica, quizás también incentivado por el descubrimiento de Machu Picchu por Iram Bingham, en 1911. Y su sobrino nieto no se ha mostrado menos fascinado por nuestro continente. Aquél esperaba hacer su descubrimiento en el plano objetivo, en la forma de una entrada de piedra y cal -si no de piedras preciosas y oro- que llevara al reino subterráneo. En cambio, Timothy Paterson se ocupa de revelar un posible pasaje a otra dimensión, a una realidad paralela y simultánea, poblada por seres más que humanos. En eso, el último Fawcett no está solo: se apoya en tradiciones antiquísimas que narran de la existencia de esta civilización escondida en la América del Sur, dueña de una sabiduría milenaria. En Brasil se hallaría, en realidad, sólo una entrada o acceso a este mundo interior, tan complejo en sí mismo y en sus relaciones con la superficie exterior del planeta, que no es fácil describir. Uno de los que ha intentado hacerlo es Enrique José de Souza, fundador de la Sociedad Brasileña de Eubiosis (Sociedad Brasileira de Eubiose), que mantiene un templo y un centro de estudios en Barra de las Grazas, Matto Grosso, en la ladera sur de la Sierra del Roncador. En 1987 Timothy Paterson recibió de Roberto Luciola, discípulo de Enrique José de Souza, un estudio crítico sobre su libro “El templo de Bies”, que Luciola había leído en traducción al portugués. Gracias a ese estudio crítico, el descendiente de Fawcett conoció muchas de las ideas que la sociedad de Eubiosis posee acerca de la saga del coronel. Además entre las sociedades relacionadas con este místico sitio se encuentra la Orden Teúrgica, con la cual también se vinculó a Paterson: en su libro se refiere muchas veces, con admiración y respeto, al líder teúrgico Udo Oscar Luckner, conocido por sus discípulos como “El hierofante del Roncador”, que falleció en 1985.
En el segundo viaje que Paterson realizó a Brasil, en julio y agosto de 1978 (la primera visita la había hecho meses antes, en febrero), entonces vio, en la casa de una amiga en Sao Paulo, una revista que hablaba del hierofante. Intuitivamente -según narra- “sintió” que había encontrado la pista verdadera para dar con el paradero de Fawcett. Ya había intentado otros caminos, que bautizó como “pista de la Funai (Fundación Nacional de Apoyo al Indígena)” y “pista de las misiones salesianas”. Organizó todo para entrar en contacto con Oscar Luckner durante su tercer viaje, programando para mediados de 1979; Paterson organiza sus visitas a la región norte del Roncador siempre al promediar el año, porque en los otros meses el calor es insoportable en la región, con una temperatura que se mantiene en casi cincuenta grados Fahrenheit a la sombra. Desde Río de Janeiro, donde desembarcó, se dirigió a Barra de las Garzas, la pequeña y actualmente progresista ciudad en la confluencia del río de las Garzas con el Araguaia, en pleno estado de Matto Grosso. Allí, se dirigió rápidamente al Monasterio Teúrgico, situado al norte, en la periferia de la ciudad, junto a los contrafuertes de la Sierra. Según Paterson, logró entenderse de manera rápida y perfecta con Luckner acerca de qué había significado el esfuerzo del coronel Fawcett para descubrir la Misteriosa Z. Ambos llegaron a la convicción de que el explorador había hallado en 1925 el lugar de la superficie terrestre situado sobre el templo subterráneo de Bies, ubicado doscientos metros por debajo de la montaña.
Nacido en 1925, de origen bávaro, Udo Oscar Luckner vivió mucho tiempo en Suiza antes de emigrar a Brasil en 1956. Fascinado, según Paterson, por la historia del coronel Fawcett, se mudó del estado de Santa Catalina al estado de Los Andes, donde durante diecisiete años estudió los misterios de la cordillera, desde Ecuador hasta Chile. Luego se trasladó al estado de Matto Grosso; allí vivió ocho años en una solitaria choza en la selva del Roncador, hasta establecerse en Barra de las Garzas, donde finalmente murió en 1987. Según Timothy Paterson, la Sociedad Teúrgica presenta muchos puntos afines con la escuela Arcana, a la cual él adhirió en 1975.
Es cierto que actualmente crece entre las escuelas de orientaciones espirituales de tipo intelectual y de exploraciones o trabajo en terreno, la convicción de que el plano arquetípico de la evolución humana está dirigido hacia lo que se podría llamar un “mestizaje” (en el sentido de síntesis globalizante) que lleva al surgimiento de una raza universal (un cierto estado de conciencia mundial ecuménico). Este proceso sería la condición previa y el efecto-causa (simultáneos) de una nueva Edad de Oro, que pondría fin a la actual Kali Yuga (Edad de las Tinieblas). Allí se originaría la sensación generalizada de hallarnos al final de un ciclo, ante la inminencia de un nuevo pensamiento. Uno de los aspectos de esa dinámica septenaria es el linaje evolutivo de las razas humanas. Muy distinta de su concepción vulgar o política, la idea de “raza” es, para la teosofía, un estado de conciencia referido a una tónica religiosa, cultural y científica sustentada en una base ambiental y biológica, que depende de la evolución mental de los seres humanos y no implica un “fatalismo racial” para el individuo. Entre los que creen esta posibilidad existen diferentes opiniones acerca del plazo en que todo esto habrá de ocurrir. Según la concepción teológica “clásica”, la humanidad actual está acabando de llegar al estado de conciencia de la quinta Raza-raíz (la “aria”). Esta se subdivide en siete subrazas, en la quinta de las cuales estamos actualmente: se trata de la llamada “teutónica”; ésta fue y continúa siendo fuente de confusión y desorden en diferentes niveles. Antes de terminar el actual ciclo planetario, tendrían que objetivarse también la sexta y la séptima subrazas de la quinta Raza-raíz; en los escritos de Enrique José de Souza se las llama “bimánica” y “atabimánica”. Ya se ha mencionado que Helena Blavatsky solía repetir que la nueva era florecería en el norte y en el sur de la Américas. Otros teosóficos posteriores, apoyados en las circunstancias históricas y señales, han estado de acuerdo, pero, en general, han expresado una creencia en la cierta anticipación de los plazos, en una quema súbita de etapas, cuando se piensa que, en verdad, la humanidad no está lejos, como totalidad, a alcanzar nuevas condiciones de vida y pasar a un nivel mental superior. Enrique José de Souza puso énfasis en esta dirección. Hasta 1963, cuando, a los ochenta años, acabó su vida física, escribió y trabajó intensamente a favor de una aceleración del programa de la evolución. Desde su punto de vista, Brasil es, a pesar de lo que se pudiera decir en contrario, “un país asignado para funcionar como base de un nuevo estado de conciencia. Los valores de la subraza bimánica ya comienzan a despuntar, y los de la atabimánica no tardarán en hacerlo.”
Etimológicamente, el adjetivo “bimánico” significa “dotado de dos mentes”. Es decir, se refiere a la fusión evolutiva de lo mental concreto o inferior (la razón) con lo mental abstracto o superior (la intuición), como se dice ahora “el pasaje del amor-emoción al amor-sabiduría”. De Souza alude poéticamente a este hecho trascendental como “la unión mística del corazón y el cerebro”. Para la Sociedad de Eubiosis, el nuevo estado implica el pleno funcionamiento de los siete centros, vórtices o uniones del cuerpo humano como más perfecta expresión de la energía. Para los de Eubiosis, un escenario de esta evolución estaría en Brasil, en tres lugares: en la sierra de la Mantiqueira, en la isla de Itaparica y en la sierra del Roncador. En estos lugares se hallarían embocaduras o accesos (pasajes interdimensionales) hacia el espacio localizado en el interior del planeta. Creen en la aparición inminente entre nosotros de un avatar. El hombre sabio correspondiente al ciclo de acuario, el cual la mayoría de ellos designa con el nombre de Maitreya. Tiende a crecer la expectativa de que este avatar será la personificación del nuevo estado de conciencia (tal vez a nivel colectivo).
En cierta ocasión el antropólogo Dardaudt Vieira reveló que, para sentirse protegido en sus incursiones por lo desconocido, encontrándose en plena meseta brasileña, acostumbraba invocar la Ley (la que rige a todos y a todas las cosas), pidiéndole amparo para no trasponer los límites de sus derechos como investigador en la frontera de todos los enigmas. Esta disposición personal puede ser hallada en todos los grandes exploradores, en todos los investigadores de la física como de la metafísica. Louis Pasteur, por ejemplo, cuando empezó a estudiar la baba de los perros rabiosos para identificar al agente del mal, y crear una vacuna, mandaba a sus asistentes a recoger animales enfermos por las calles de París. Una vez inmovilizado el animal en el laboratorio, Pasteur le colocaba en la boca un extremo de la pipeta; el otro extremo lo ponía en su propia boca. Luego succionaba la baba hasta la mitad del tubo de vidrio, transvasándola luego a los frascos de prueba. Tal confianza en sí mismo, sin la cual no hubiera desarrollado la vacuna antirrábica, puede ser calificada no sólo poéticamente de don del cielo. El coronel Percy Harrison Fawcett tenía, ciertamente, una tranquilidad semejante. Una frase que solía repetir, y que posiblemente conoció en Ceilán, decía: “El centro del abandono interior es la confianza en la Divinidad.” En la última carta que escribió, desde el Campo del Caballo Muerto, da su localización exacta: 11̊43' de latitud sur y 54̊35' de longitud oeste. Es la última referencia escrita a su mujer, fechada el 29 de mayo de 1925, y dice: “Intentaré escribir de tanto en tanto acerca de nuestra expedición y espero poder remitir estas noticias con la ayuda de algunas tribus amigas. Sin embargo, dudo que esto sea posible”. Fue una premonición, porque, en efecto, no fue posible.
Es cierto que la figura de Percy H. Fawcett está rodeada de enigmas, esto no sorprende, habida cuenta que fue el último explorador blanco en buscar aquel legendario El Dorado. Según Roberto Luciola, el hijo del coronel Fawcett, Jack, llevó al crisol de la “mestización trascendental” el bagaje genético anglosajón, fusionándolo con el bagaje genético inca-tupí (que es de la América del Sur). En las notas agregadas a las memorias de su padre, Brian Fawcett formula observaciones sobre la idiosincrasia de Jack: a la edad que desapareció, 22 años, no demostraba interés por el sexo (era otra época) y posiblemente era virginal. ¿Estaría preservándose, como dice su madre, para cumplir su destino de simiente? Todo lo que el coronel Fawcett dejó escrito sobre el motivo de haber llevado a Jack en la expedición fue que su hijo le brindaría un apoyo confiable y persistente, difícil de encontrar en otros colaboradores. En la última carta que recibió su esposa Nina, describe los sufrimientos y las dificultades propias de la expedición, de la valentía de Jack y del joven Raleigh, que tenía una pierna herida. Los peones, exhaustos, querían regresar, cosa que finalmente hicieron. Pero el coronel manifestaba su firme decisión de proseguir. Estaba seguro de que su expedición en busca de la Misteriosa Z, alcanzaría su objetivo. En relación a la extraordinaria estatuilla de basalto negro (actualmente en el Museo Británico) es indudable que se trata de uno de los enigmas de América, como las figuras de Acámbaro en México o las piedras de Ica en Perú, como la calavera de cristal maya y tantos otros objetos que la ciencia oficial ni siquiera admite como enigmas, no porque discuta su autenticidad, sino simplemente porque no se amoldan en la trama de los conocimientos científicos actuales. Por lo demás, Timothy Paterson, el escritor sobrino nieto de Fawcett, hasta 1992, ya estuvo ocho veces en Brasil, donde se ha dedicado a trabajos que, según le confesó a Roberto luciola, le permiten “cierto tipo de contacto” con el coronel.
Hace unos días, un conferencista del New Age en la UCLA se refería a la epopeya de Fawcett, dividiéndola en varios capítulos:

-Sus trabajos oficiales para los gobiernos de Bolivia, Perú y Brasil con fines de marcación limítrofe (años 1906/7, 1908/9, 1910, 1911, 1913 y 1914;
-Su búsqueda de la ciudad oculta conocida solo con la críptica letra “Z”, en 1920/21 y luego en 1925, que sería el viaje del que jamás volvió;
-La búsqueda inmediata que hicieron otros exploradores para hallar a Fawcett, su hijo Jack y Raleigh Rimell, que se internaron en el Matto Grosso tras las huellas, extraviándose y -en varios otros casos- muriendo;
-Las noticias posteriores de supuestos avistamientos de Fawcett en diversas partes de América del Sur;
-La aparición de indios blancos en Brasil, a los que se supone hijos de Jack Fawcett, y que aún hoy integran tribus poco civilizadas que en forma esporádica entran en contacto con los pueblos aledaños a la selva.

¿Cuál fue la suerte de Fawcett y su grupo? ¿Dónde quedaron? ¿No pudo uno solo de ellos salvarse para retornar a la civilización y buscar auxilio o dar noticias? Las periódicas referencias acerca de su paradero, las visiones de sus apariciones con vida, el hallazgo de sus iniciales (PHF) talladas en la corteza de algún árbol, por fin, el descubrimiento de huesos en los caminos nuevos de la selva tuvieron siempre vasto interés, desde que el francés Roger Courteville, en 1925, decidiera cruzar el continente sudamericano, atravesando parte del Matto Grosso, entre Río de Janeiro y Lima. Courteville decidió realizar la travesía en un auto Renault, al cual sería necesario abrirle camino a machetazos. El 1̊ de julio de 1926 se inició el raid en Río de Janeiro; el grupo estaba compuesto por Roger, su mujer Ana y un mecánico francés que la fábrica gala había enviado, junto con el vehículo, para atenderlo. En el recorrido tuvieron que construir puentes improvisados, desarmar el coche para cruzar ciertos lugares e, incluso, instalar un motor Ford cuando la máquina original se rompió. Llegaron a Lima el 12 de septiembre de 1927, tras recorrer 8.665 kilómetros. En sus declaraciones afirmaron que durante un rodeo que debieron efectuar en el trayecto Rondonópolis-Buriti-Cuiabá (que es precisamente de donde había salido la expedición Fawcett), se toparon con un hombre blanco, canoso y de tez alba que dominaba a la perfección el inglés. Sugirieron que ese personaje pudo ser el coronel. Pero ¿por qué estaba solo “y con la vista siempre perdida en la distancia?”. Se supuso que, tal vez, los tres expedicionarios hubieran encontrado la Misteriosa Z, y que Jack y Raleigh sucumbieron en la hazaña, haciendo que éste perdiera la razón y se alejara solo, vagando por la selva... después de este sorpresivo encuentro han sucedido muchos otros, pero, en verdad, nunca más se supo nada concreto de Fawcett.” El paleontólogo Raymond Bernard, que ha trabajado muchos años en Sudamérica, afirma que “la cruzan innumerables túneles, que son un enigma para los arqueólogos. Existen especialmente, en gran número bajo Brasil. Casi todos inexplorados. El más famoso parte desde las montañas de Roncador, al noroeste del Matto Grosso”. Es el sitio en que el escritor Arthur Conan Doyle ubica la acción de su entretenida novela “El mundo perdido”.
En Ecuador, el escritor Erich Von Daniken describe la visita a un túnel subterráneo en el que se penetra por una entrada cercana a la ciudad de Gualaquiza: “Las largas y estrechas galerías tienen paredes acristaladas y las grandes habitaciones fueron hechas por voladuras. Capas de roca limpiamente voladas son claramente reconocidas en la entrada del túnel, como la puerta en ángulo recto extraída de la faz de la roca. El cuidado técnico con que el sistema de túneles fue planificado queda demostrado por los pozos de ventilación, que se producen con intervalos regulares. Estos pozos están trabajados con precisión y miden en término medio 17.5 y 1.50 metros de largo y 80 centímetros de ancho”. Von Daniken insinúa que formaban parte de “un sistema de túneles gigantescos de miles de kilómetros de longitud que se encuentra bajo América del Sur, hecho por constructores desconocidos en una fecha ignorada”. El escritor cree que los túneles de ecuador están relacionados con los que, se sabe, existen en Perú.
Suelen narrar los peruanos una antigua leyenda según la cual el poderoso imperio inca fue fundado por un grupo de pueblos que salió de un túnel. Dice el relato que “cuatro hermanos y cuatro hermanas salieron de un túnel en Pacaritambo, que está el este de Cuzco. Entonces el hermano mayor subió a la montaña inmediata y con poderosos impulsos lanzó cuatro rocas a cada uno de los cuatro puntos cardinales, y tomaron posesión del territorio enmarcado por las piedras: allí fundaron uno de los más poderosos imperios conocidos del mundo antiguo, el incásico” (según Aurora Saavedra, de la tradición oral recogida en Lima). Cuentan que la altura de los hermanos era mayor a la media y afirmaban ser ellos miembros de una familia gobernante del reino subterráneo, “un sitio pacífico”; afirmación que apoyan diciendo que el pueblo Inca era una nación educada y amante de la paz, que desconocía la violencia hasta la llegada de los exploradores españoles. En sus "Comentarios de los Incas" (1589), el escritor Mancio Serra de Leguisamo, escribe:
“Los incas peruanos estaban a menudo libres de crímenes y excesos, los hombres tanto como las mujeres, de modo que el indígena que tenía en su casa 100 mil pesos de oro y plata, la dejaba normalmente abierta, colocando un simple palo cruzado sobre la puerta como signo de lo que había en el interior. Cuando vieron que nosotros poníamos candados y llaves en nuestras puertas, supusieron que era porque teníamos miedo a que ellos nos mataran, no porque creyeran que alguien pudiera robar la propiedad de otro. Por tanto, cuando se enteraron de que había ladrones entre nosotros y hombres que con el ejemplo incitaban a sus hijos a que cometieran pecado, nos despreciaron.”
Cuando en 1526, los hombres dirigidos por Francisco Pizarro arribaron a la costa noroeste de Sudamérica, e iniciaron la destrucción casi literal de la civilización incásica, se cree que ese pueblo estaba formado por más de 10 millones de personas. En 1571 esa población había sido reducida a poco más de un millón. En su libro "This Hollow Earth", Eric Norman recoge tradiciones antiguas de Perú y sugiere que muchos de estos incas no murieron, sino que se refugiaron bajo el suelo: “Los que creen en la teoría de la tierra hueca afirman que los incas llevaron un gran número de su pueblo, y la mayor parte de sus tesoros, a un túnel gigantesco que conducía al interior de la tierra”. Al parecer, Pizarro oyó algo acerca de que los incas poseían gran cantidad de oro en un depósito secreto “en un enorme túnel subterráneo, o camino, que recorre el subsuelo”. Y capturó al jefe Inca, Atahualpa, y como rescate exigió que le llenaran una sala de oro. La reina Inca cumplió la exigencia para liberar a su esposo, y de acuerdo con los cronistas españoles que vieron la sala llena de oro, ésta contenía “unas 600 o 650 toneladas de oro, equivalentes a unos 384 millones de pesos de oro de la época”, difícil de calcular hoy día. Pizarro y sus hombres quedaron tan sorprendidos que se negaron a liberar al prisionero diciendo que “lo mataremos si no dicen de dónde procede todo este tesoro”. La infortunada reina habló con sus consejeros y éstos le dijeron que de nada servía todo lo que hiciera, pues, en cualquier caso “los invasores matarían al soberano Atahualpa.”
Entonces, cuenta la crónica incásica, la reina dio órdenes “y mucha gente del pueblo comenzó a trasladar el tesoro imperial por las cavernas que llevan al centro de la tierra, a la ciudad celeste”. El sacerdote-soldado Pedro Cieza de León escribió unos años después: “Si cuando los españoles entraron en Cuzco no hubieran cometido traiciones y no hubieran manifestado tan pronto su crueldad condenando a muerte a Atahualpa, no sé cuántos barcos hubiesen hecho falta para llevar los tesoros a la vieja España, que ahora están perdidos en el interior de la tierra.”
En las tierras del sur de América es muy rica la tradición relacionada con el Reino Interior; especialmente en Chile, donde la penetración española encontró su única frontera imposible de cruzar a partir del río Bio Bio, donde los Araucanos han sabido hasta hoy día preservar sus mitos y tradiciones. Podemos citar que ellos nombran Nguill Chenmaihue a un paraje situado sobre la costa sur del Pacífico, el "lugar occidental para la reunión de la gente" desde el cual las almas se embarcan, mediante la intervención de las ballenas llamadas Trempulcahues, las almas de los antepasados que guian hasta la entrada al otro mundo en un último viaje cuyo destino es la isla Mocha. Dichas ballenas son cuatro viejas transformadas que realizan esa tarea a la caída del sol de cada día, pero que nadie puede ver. A cada alma se le exige una contribución, cuyos deudos se ocupan de colocar junto al muerto, y que servirá para pagar los servicios del barquero, personaje malhumorado que a menudo castiga a las almas abandonadas sin ofrenda golpeándolas con su remo. El mito en este instante es semejante al que relata Dante en "La Divina Comedia", en que se retrata a Caronte siempre gruñón e implacable que golpea con el remo a los tripulantes de su barca infernal. La isla Mocha está enfrente de la provincia de Arauco; en esta isla del Pacífico sitúan los Araucanos el final del último viaje de la humanidad; fue descubierta por Juan Bautista Pastene en 1544 y siempre ha conservado sus características de misterio; antiguamente la nombraban Gueuli y desde la entrada-salida que oculta al Reino Interior es que salieron los Ivunches que cuidan las entradas de las cavernas ocultas del Sur donde nacieron de la unión de un calcu con una machi: a la machi corresponden los misterios de la magia blanca y al calcu los de la magia negra, por lo que el fruto de su unión vincula a los vivos con los muertos. El Ivunche es el cancerbero y puede hacerse consejero de los que buscan los misterios del mundo oculto al fondo de las cuevas; cuando pequeño le dislocan una pierna que llevará recogida sobre la espalda para toda la vida y le tuercen el pie en dirección contraria a la marcha; es por esto que debe caminar en tres extremidades y al incorporarse da la sensación de que la pierna dislocada le brotara de la nuca o de la espalda. Para desplazarse se apoya en un báculo también retorcido; anda sin ropas, el cuerpo cubierto de pelos no termina de ocultar lo hinchado de sus miembros por las palizas que recibe de sus progenitores por cualquier motivo. Es sordo y carece de palabras: cuando se le consulta algo, la respuesta es negativa o positiva con movimientos de cabeza. Don Benjamín Vicuña Mackenna dice al respecto: "...es costumbre de los arrieros echarse una piedrita en la boca al entrar al puerto de Valparaíso por la Cueva del Chivato, a fin de precavirse de los Ivunches que tienen una morada en aquel paraje". En algunas mitologías europeas se le ubica con el nombre de "pie de sombra", variando sus atributos pero conservando su forma; leyendo al investigador Gerónimo de la Huerta, en las notas que escribiera en la traducción de la obra de Plinio el Viejo, nos enteramos de que en la India existió una casta de filósofos llamados Gimnosofistas que permanecían parados sobre un solo pie en la arena caliente, contemplando la marcha del Sol; dice también que Plinio aseguraba que en el monte Milo había una raza de hombres con los pies vueltos al revés y con ocho dedos en cada uno, guarnecidos por largas y poderosas uñas que empleaban para cazar cuando salían de sus cuevas que custodiaban los caminos interiores de la Tierra.

La existencia de seres extraños que salen de las cuevas en el Sur de Chile y Argentina son siempre superadas por sus descripciones; en varios de los primeros relatos que llevaron a Europa los navegantes que llegaban a estas latitudes hablaban de que existían mujeres aborígenes que durante la vida solamente alumbraban un hijo, que a poco de nacer tomaba el aspecto de un ser maduro, encanecido y asemejándose prematuramente a un viejo enano que instintivamente se perdía luego de tomar uno de los caminos ocultos al interior de las cavernas milenarias. Entre estos viajeros, Pigafetta, cuando regresó de su aventurado viaje en la expedición de Fernando de Magallanes, dejó un voluminoso diario que se publicó en tres libros; en ellos se consigna la existencia de unos diez mil aborígenes en la región patagónica que tenían cabeza de perro y que en lugar de hablar, "ladraban". Describe hombres acéfalos con un ojo en cada hombro y sátiros perversos que se desplazaban a increible velocidad mediante saltos, que solamente podían ser apresados cuando estaban muy viejos o enfermos. Allí hay también referencias a seres que estaban relacionados con las cavernas y un sitio oculto al interior de la Tierra, "con una sola pierna y un pie extraordinariamente grande, que aprovechaban como parasol cuando se acostaban de espaldas en la arena de la costa. Su pie es de una longitud aproximada de un codo (50 cm. más o menos)... si uno tropieza inesperadamente con alguno de estos personajes, es necesario obrar buenamente para congraciarse con él y no exponerse a su poder maléfico. Se dice que su presencia recuerda cuando el mundo exterior era niño y los dioses del mundo interior andaban sobre la tierra."
En algún puerto oculto del Sur se ubica la Cueva de Quicavi, vigilada su entrada-salida por los Ivunches, y señalada como el lugar donde se cumplen las reuniones importantes de los brujos, llamados también nocheros, calcus o pelapechos. También se dice que es el "lugar interior" donde vive el rey de los brujos. El conocimiento de los brujos daba comienzo en la infancia con pruebas crueles, como un baño en una catarata durante cuarenta noches consecutivas, en que el iniciado deja caer el chorro principal sobre su cabeza permaneciendo inmóvil, o su estadía también durante cuarenta días con sus noches en el interior profundo de la Cueva de Quicavi donde debía ver cara a cara a los habitantes del mundo oculto y, si resistía, adquiría el poder para transformarse en animales mamíferos o aves según su conveniencia, así como el conocimiento para volar e iluminarse. También al interior de la caverna el iniciado aprende el Calcushugun, "el hablar del brujo", conjuros y recitaciones que utiliza en sus actos y cuya combinación de sonidos sólo él conoce. Se dice que la única vez en que el rey de los brujos abandona su reino interior es cuando se detiene en el puerto de Quicavi el buque fantasma llamado Caleuche, que según la tradición es un barco tripulado por brujos y adivinos a los que acompañan las bestias auxiliares, aquellos que han perdido su memoria y el alma de los marinos muertos en sus trabajos de pesca o en funciones de guerra. Se asegura que esta nave, que solamente navega de noches, parece un barco de fuego y se desplaza elevada de la superficie aunque también puede navegar bajo las aguas. La tradición oral transmite que el Caleuche solamente detiene su marcha en tres puertos: Llicaldad y Trentrén sobre la costa en la zona de Castro, y en Quicavi, donde el monarca de los brujos suele abordarlo para visitar en el barco fantástico las ciudades establecidas en el fondo del mar y aún más abajo de las aguas "donde la tradición ubica un misterioso reino interior", según afirma Oreste Plath.
El ser mítico supremo de los indios cuncos de Valdivia es Huentreyeu, al que suponen inmortal e investido de todos lo poderes, "gran dominador del mundo que se conoce y el que se encuentra oculto bajo la Tierra y hasta de las simas marinas", según rescata de la tradición oral el investigador Alberto Vúletin, quien afirma que a Huentreyeu "le obedecen todas las fuerzas naturales y sus manifestaciones como los temblores, las fuertes tormentas de nieve, los remolinos y los grandes tornados... también tiene influencia en las cosechas, en la crianza y reproducción de los animales y la protección de la flora y fauna silvestres. Carece de una representación corpórea y se le rinde culto en una rama de laurel". También en la región ejerce su reinado el mitológico soberano Hueñauca, que gobierna desde el interior de algún volcán activo; también se ubica su morada en alguna caverna, en cuya puerta se le puede contemplar a cualquier hora, sentado sobre una piedra, a la que llaman Cura o Erquitué: los pobladores del Sur creen firmemente en al poder curativo de las piedras que se encuentran especialmente en la boca de las cavernas, que conservan la energía limpiadora de Hueñauca y también, según la tradición, estas piedras reverenciadas como si fueran animadas abrigan el alma del antepasado de todos los hombres. El nombre genérico para designar a los dioses Araucanos era Pillañ, a los que situaban en el interior de las cavernas o los volcanes, pero siempre en algún sitio interior de la tierra; más que un ser mitológico, entonces, es un concepto que algunos han identificado con el diablo, lo que es erróneo porque la concepción del infierno no existía en los países de América y fue inculcada por los catequizadores de la Colonia: el Pillañ puede ser maléfico o benéfico según la circunstancia, y se le tributan ofrendas que no pueden ser tocadas y si algún animal es sacrificado en su nombre los restos son quemados hasta convertirlos en ceniza. Se sabe que entre los araucanos de la antigüedad cada familia tenía su Pillañ que conectaba a la comunidad con las fuerzas ocultas de la Tierra. Según el pueblo de los Onas, en lo más austral del sur de Chile, cada persona cuando nace trae del Reino Interior de donde venimos un fantasma que llaman Mehn al que se juzga como bien intencionado y que es como nuestro doble; para ellos cada uno posee su Mehn particular que nos protege de los peligros que acechan en los caminos exteriores; según las escasas descripciones que de él se conocen dicen que es un espíritu etéreo que desaparece con la muerte del individuo, y que en vida puede hallarse refugiado en la sombra que se proyecta en el suelo o en el reflejo de una forma humana en el agua; es el Mehn un reflejo de lo mejor de nosotros oculto en el interior humano, por eso se dice que nace con nosotros, nos protege y al final nos acompaña en el viaje de vuelta al misterio de donde venimos, donde, finalmente, desaparece para siempre dejándonos solamente enfrentados a nosotros mismos en el lugar oculto a los ojos vivos.
En Tarapacá, al norte de Chile, entre los poblados que custodian la entrada al desierto salado de Atacama, se cuenta la historia de una fabulosa ciudad bajo la arena: más debajo de la zona silenciosa, allí las aguas vuelven a iluminarse, azules, entre arrecifes relumbrantes de espuma y caracolas de plata, donde los barcos encallados en interminables playas de algas amarillas, anunciadoras, y bañada por una luz dorada que brota de sí misma, allí está Arikha, tierra remota habitada por personas que rara vez salen a la superficie. La gente de la zona cree en la leyenda y dice que el reino más debajo de la arena “es un sitio civilizado donde no hay persecuciones como las que sufren los habitantes del exterior.” Una antigua historia germánica dice que para llegar a Arikha se debe tomar la bifurcación Siberia-Sur del camino dorado, tal como en Chile y Alemania se conoce al sistema principal de túneles que une a Arikha con las otras comarcas del reino subterráneo, aún bajo los mares. Se dice que Arikha es gobernada por un rey justo, que a veces sale a la superficie de la tierra a predicar la paz entre los hombres, desde su palacio ubicado en el punto cero de encuentro de los meridianos y paralelos que cruzan el interior hueco de nuestra tierra. Don Optaciano Villalobos, hombre sabio de la región, refiere que las historias de Arikha son frecuentemente recordadas por los narradores de cuentos que van en las caravanas que cruzan el Atacama. Una es:
“Un filósofo del reino de Arikha le enseñaba a sus discípulos:
-A todo aquel que llame a la puerta, le será abierta.
Al oírlo un día, el Rey del mundo dijo:
-Ya no digas le será abierta. La puerta nunca está cerrada.”
Se dice que es suficiente con oír nombrar a Arikha para ser guardado por ella. La fuerza de Arikha se halla en todo momento cerca de uno, pero no siempre podemos percibirla, sólo a veces se manifiesta para reforzarnos o dirigirnos.
-Don Optaciano, ¿dónde está, precisamente, Arikha?
-Está donde uno está. De hecho, es estúpido buscar algo en un lugar donde la imaginación espera encontrarlo. Ello está en cualquier parte de donde lo puedas extraer.
-¿Cómo se llega?
-Para llegar a Arikha se debe dejar de ostentar el intelecto y el aprendizaje; pues allí el primero es un estorbo, y el segundo ya no existe.
-¿Hay un Rey del Mundo?
-Sí, pero no hay mente humana que pueda lograr la comprensión de la forma del ser llamado Rey del Mundo. Pero sabemos algo de su carácter por historias que se narran en los caminos desiertos de Atacama. Historias como ésta: “Un día llegó un gorrión a la corte del reino subterráneo, se presentó ante el rey del Mundo y le dijo en voz alta: “¡Vengo a suplicarte que rectifiques las injusticias de que tus súbditos del exterior me hacen objeto diariamente!” A lo que el Rey contestó: “Haz claras tus quejas y serás ciertamente escuchado.” Dijo entonces el gorrión: “Ilustre soberano, mi queja es contra el viento. Cada vez que salgo al aire libre, llega el viento y, con un soplo, me lanza lejos. Por consiguiente, carezco de esperanza de alcanzar los lugares que creo que legalmente me pertenecen.” Y habló el rey del Mundo: “Conforme a los principios de justicia aceptados para el mundo exterior, no puede admitirse queja alguna si no se halla presente la parte acusada para responder cargos. ¡Llamad al viento para que exponga sus puntos de vista!” Llamado el viento, una suave brisa fue heraldo de su presencia. Poco a poco se fue haciendo más fuerte, entonces el gorrión gritó: “¡Oh, Rey del Mundo, retiro mi queja! Porque el aire me está obligando a volar en círculos y, antes de que hable realmente, yo habré sido arrastrado muy lejos.” Así fue como se resolvió la demanda del gorrión en la corte subterránea del Rey del Mundo. Entonces, me preguntas si hay, en verdad, un Rey del Mundo, y respondo que por cada fantasía o sueño, existe una realidad de la cual aquellos son una falsificación.
En las caravanas que cruzan los desiertos del Norte de Chile, los narradores de cuentos suelen recordar anécdotas referentes al mítico Reino Interior, una de cuyas entradas legendarias, se ha dicho, parte desde la tierra más seca de la Tierra, en algún lugar de la zona única. Cuando narran sus historias del rey del Mundo, se dice que el silencio del desierto se hace más hondo aún: sólo el fuego crujiente de las grandes fogatas y una brisa fresca que llega del mar acompañan al narrador de cuentos. Cruzando en una de estas caravanas, en el Oasis de Pueblo Hundido, una noche, de pronto, viví una experiencia mística.
Nos habíamos reunido al aire libre en el plano arenisco frente a uno de los salones comunales del oasis, que anuncia cuando el desierto de Atacama se interna y cruza los Andes por el Paso del León Muerto. Es común que las caravanas en su trayecto visiten estos oasis del camino, que en el desierto chileno no son pocos, y hoy conforman poblados pequeños que cuentan con luz eléctrica, agua potable y algunos adelantos accesibles a través de la comunicación satelital. Sin embargo, en este mundo que cambia técnicamente, mantienen sus propias costumbres ancestrales. Esa noche, acompañaban nuestra caravana las fuerzas vivas del oasis de Pueblo Hundido; estaban el alcalde y los concejales con sus esposas, el matrimonio de profesores de la escuelita y el médico con su mujer, la enfermera del modesto hospital; había mercaderes, el cura del antiguo templo y otros vecinos ilustres. Estuvimos escuchando primero canciones tradicionales chilenas, tonadas, cuecas, payas, otras instrumentales que los Incas dejaron de legado en la zona, en que se utilizan los más variados instrumentos musicales; era todo muy armónico.
Bebíamos té negro o bebidas con pisco del valle del Elqui, luego de la carne asada con pan amasado, sin hacer demasiado caso a la música. Fue entonces cuando la orquesta local se retiró y entraron los instrumentos de viento, las quenas, zampollas, flautas, que eran de todas las clases conocidas: grandes, pequeñas, de madera, de barro, conchas marinas... las tenían hombres que, en general, pasaban de los sesenta. Serían -creo yo- los más viejos del pequeño oasis en el desierto; gordos y pequeños unos; otros altos y delgados; pero todos con algo en común: un extraño sentido del ritmo, de la intensidad del sonido, del soplo, de la voz. Toda la sala comunal pareció de pronto quedarse hundida en aquellos sones. Sentí que todos nosotros -los que veníamos en la caravana, el alcalde y los concejales, todos los allí presentes y yo mismo- comenzamos a vibrar, sin quererlo, como el viento que se eleva en el desierto y sube a la cordillera o baja al mar; sentí que los huesos pequeños de mis oídos comenzaron de algún modo a golpearme el cerebro, impidiéndome pensar y hasta comprender ninguna cosa que no fuera el sonido de los instrumentos de viento que salían de los viejos, vestidos de mantas de lana cruda, y el sonido que lograban con sus labios sobre los instrumentos.
Uno de los allí presentes anunció, entonces, a manera de heraldo, que, en honor a las fuerzas ocultas bajo el desierto que cruzábamos, "en honor al Rey del Mundo que tiene aquí una salida que también es entrada a su reino subterráneo que se extiende por todo el planeta", como ofrenda en su honor uno de los nuestros bailará para todos.
Fue en esos instantes cuando distinguí al hombre. Más que fijarme en él, llamó mi atención el revuelo que comenzó a armarse en torno suyo. Luego le vimos comenzar a bailar despacio, agitando los hombros, con la mirada perdida en las estrellas cercanas del cielo atacameño; seguía el ritmo de los instrumentos y la música del viento y no había nadie más a su alrededor, nada más que aquél sonido largo que atravesaba los tímpanos y tensaba la memoria como las cuerdas de un arco.
-¡Quiere fuego! ¡Háganle espacio! -gritó alguien, no se quién. Pero inmediatamente, tres o cuatro se levantaron abriéndole camino hacia la hoguera que todos rodeábamos, y el hombre entró en los leños ardiendo sin dejar de bailar frenéticamente, agitando sus hombros y todo su cuerpo.
Aquella danza dentro del fuego, lejos de quemarlo, le dio fuerzas. Sus piernas se volvieron más ágiles, sus ojos se abrieron de par en par mirando a las estrellas, mientras los labios de los viejos se afinaban en los instrumentos de viento. El danzante en el fuego se hizo ritmo y movimiento, viento y euforia. Por unos minutos dejó de ser humano para hacerse torbellino cósmico vencedor del fuego. A ratos lo vimos volar sobre las llamas, elevado rompiendo toda gravedad. La congregación humana a su alrededor nos hicimos pura vibración, en un remolino de gritos, de movimientos perdidos entre sudor y convulsión rítmica cada vez más agitada.
Súbitamente los instrumentos callaron. Hubo un silencio espeso y el danzarín de un salto fenomenal salió de las llamas de fuego y se detuvo con la música, con los ojos en blanco, como si se le hubiera escapado el aliento vital. Dos o tres hombres lo sostuvieron y el hombre cayó entre sus brazos como muerto, como ajeno, pero sin un mínimo rastro de su cuerpo o ropa quemada. Lo sentaron en una manta en la arena y batieron una hoja de palma en su rostro, rojo como el fuego que no lo había tocado. Poco a poco, con lentitud de siglos, el hombre volvió en sí. Los ojos se le revolvían inquietos, como asustados de ver gente en torno suyo; como tristes también, muy tristes -y aquí creo que estaba su pesar- por regresar de nuevo a esta dimensión humana. Aquel hombre había hecho un viaje a otra parte o, al menos, una parte de él se había desplazado y le había abandonado por unos momentos. Era como un borracho sin beber vino, porque jamás le vimos beber un sorbo de pisco; estaba satisfecho sin haber comido; algo en él lo hacía parecer como un rey después de haber vencido, y vestía apenas de campesino del desierto. Este hombre se había pasado sin solución de continuidad del éxtasis a la catalepsia, sólo ayudado por la música del viento. El intelecto se había vuelto un estorbo allí: no había respuestas. No había sentido común en lo que vimos; la lógica estaba ausente, y en su lugar reinaba la paradoja, la falta de sentido, el acto sustancialmente irracional de entrar en el fuego sin que el fuego te queme.


FIN.
©Waldemar Verdugo Fuentes.
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SOCIEDAD CHILENA DE ESCRITORES.